Era un jueves, estaba en Sams
Haciendo el super.
Pasé por el pasillo de alcohol. Y algo pasó.
Nunca antes había comprado una botella para mi casa.
Pero algo en mí me lo pedía.
Los jueves se habían convertido en un ritual. Ir a un bar enfrente de la oficina. Lo que empezó como diversión se había vuelto mi válvula de escape.
Ese jueves, por ciertas razones, no fui.
En mi mente me dije: puedo tener el mismo efecto de “liberación” desde mi casa. Y gastando menos.
Siento escalofríos al recordarlo. Puedo volver a sentir exactamente cómo mi cuerpo disfrutaba un trago. Cómo mi mente lanzaba señales de relajación.
El problema no era el trago.
El problema era que ya no sabía si lo tomaba yo o él me tomaba a mí.
Si alguna vez has usado algo — alcohol, comida, trabajo, ejercicio, pantallas — para apagar, para soportar, este post es para ti.
CÓMO LLEGUÉ AHÍ
Tenía 25 años.
Era la primera vez que le reportaba a alguien que no estaba en México. Mi jefe estaba tres bandas arriba de lo que normalmente me correspondería.
Ahora era responsable no solo de México. De todo internacional.
Llamadas en la madrugada. Llamadas en la noche. Con directores. Con gente de alto mando.
Mi jefe me hizo crecer mucho. Nadie me había exigido más de lo que yo me exijo a mí mismo. Y eso ya es bastante decir.
Pero todo eso también tuvo su costo.
Parte de ese costo fue la botella.
No el hecho de comprarla. Lo qué significaba.
LA LÍNEA DELGADA
¿Estaba disfrutando o estaba huyendo?
Es una línea muy delgada.
He escuchado que incluso los corredores de larga distancia — los que corremos 20k, 40k — algo llevamos dentro que no está del todo bien. No quiero decir “enfermos”. Pero sí algo que nos empuja a seguir cuando otros se detienen.
Y ese mismo motor, mal dirigido, te lleva a la botella.
Porque no es la actividad. Es la razón.
El deporte sano puede volverse un escape. El alcohol dañino puede ser solo un disfrute. Depende de por qué lo haces.
El contexto es todo.
La pregunta incómoda no es “¿qué hago?”.
La pregunta incómoda es “¿por qué lo hago?”.
LO QUE APRENDÍ DESPUÉS
No compré la botella porque fuera malo.
La compré porque mi cuerpo estaba pidiendo un descanso que mi mente no le daba.
El alcohol no era el problema. Era el síntoma.
El problema era que no tenía otro lugar donde ir. Otra forma de soltar. Otra manera de que mi sistema nervioso supiera que el día había terminado.
Los jueves en el bar no eran el problema. Eran el parche.
Y los parches, cuando los usas cada semana, dejan de ser parches. Se convierten en muletas.
UNA PREGUNTA PARA HOY
Si este post te resonó, haz esto hoy:
Piensa en tu última semana. ¿Qué hiciste para callar el ruido?
¿Lo hiciste porque querías o porque lo necesitabas?
No lo juzgues. Solo obsérvalo.
Y pregúntate: si esa actividad desapareciera mañana, ¿cómo te sentirías?
¿Alivio? ¿Ansiedad? ¿Indiferencia?
La respuesta te dirá si es un recurso o es una fuga.
El Umbral
Compré la botella.
Llegué a mi casa. Serví un trago. Y funcionó. Por un momento, el ruido se detuvo.
No fue una crisis. Fue una alerta.
La alerta de que había encontrado una forma de apagar el cerebro que no requería salir de casa. Que no requería amigos. Que no requería nada más que mi mano, hielo y un vaso.
Por un momento, el ruido se detuvo.
Pero al día siguiente supe que había cruzado un umbral. No el del alcohol. El de ya no saber si lo que hacía era para disfrutar o para soportar.
He sido tantas veces… con tantas cosas. Que bonito hacernos las preguntas correctas.