Comía Sano. Mi Cuerpo Decía Otra Cosa.


El extremo silencioso

Pasé de un extremo a otro.

Un extremo era la exigencia. Con la comida. Con el trabajo. Conmigo mismo.

Sentirme mal por comer una bolsa de papitas. Sentirme mal por no rendir al máximo. Sentirme mal por descansar.

El otro extremo… bueno, de ese hablo después.

Pero el punto es que vivía en los bordes. Sin término medio. Sin pausa. Sin disfrute sin culpa.

Mi coach me lo dijo claro: “La perfección se cura con diversión.”

Estábamos en el parque metropolitano. Segunda sesión. Me acuerdo porque después me mandó esto por escrito:

“Recordar y recrear las emociones que viviste con tu regalo favorito de Santa. Buscar momentos que te traigan emoción, asombro, sorpresa. Darle vida a tu niño interior. Los niveles de exigencia disminuirán.”

Sonaba bonito. Pero no sabía a dónde me iba a llevar.

El niño que volvió

Un día fui al Soriana. Compré Danoninos. Papitas. Cosas que comía de niño.

Llegué a mi casa. Las comí viendo Avatar — la caricatura, no la película azul.

Y algo pasó.

Volví a sentir. Recordé. Algo tan sencillo me daba tanto valor.

“¿Por qué no había hecho esto antes?”, pensé.

En vez de eso, buscaba cosas más apantallantes. Más complicadas. Más dignas de un adulto exitoso.

Pero el niño solo quería un Danonino y una caricatura.

Empecé a hacer más cosas así. Kendo — siempre me gustaron las espadas. Salir más con amigos. Ver películas y series completas, no solo resúmenes de fin de semana.

Me estaba divirtiendo.

Cuando divertirse se convierte en huir

Porque también empecé a salir de fiesta. A tomar.

No era malo en sí mismo. Pero se estaba convirtiendo en mi nueva forma de apagar el cerebro. Reemplacé la exigencia por el escape.

Peter Pan también tiene una lección oscura: si te quedas en Neverland para siempre, nunca construyes nada real.

Y yo empecé a quedarme.

Y mi cuerpo, otra vez, empezó a hablar.

La comezón

Un día empezó una comezón en todo el cuerpo.

Insoportable. Piquecitos random. En cualquier momento del día.

“Se me va a quitar”, pensé. Como todos mis dolores anteriores.

Compré cremas. Nada.

Pasaron meses. Pensé que se iría solo. Como siempre.

Pero no se fue.

Finalmente fui al doctor.

Los números que no esperaba

Me mandó a hacer estudios.

Cuando llegaron los resultados, estaba en mi casa. Los leí. Los volví a leer.

ALT (TGP): 71.4
HbA1c: 5.8%

Pre-diabetes. Hígado graso a punto de desarrollarse.

Estaba a punto de causarme daño irreversible.

Entré en shock.

“Pero si yo comía sano.”

Hacía ejercicio. Entre mis amigos, siempre era el que más se cuidaba.

Mi único hábito no sano era el alcohol. La fiesta.

Y aún así, mi cuerpo estaba colapsando.

Una segunda oportunidad

Me asusté.

En ese momento, lo único que pedía era una segunda oportunidad.

Se la pedía a la vida. A mí mismo. A quien quisiera escucharme.

Eran gritos de ahogado. Sin dirección. Solo una promesa:

“Voy a cuidar mi cuerpo. Voy a escucharlo. Gracias.”

Y di un giro de 180 grados.

Dejar, ajustar, empezar

Lo primero fue el alcohol. Dejarlo por completo.

Pasé de tomarlo mínimo una vez a la semana a cero. Ni una gota.

Mis amigos me presionaban. “Al menos un shot”, me decían.

Decir que no era incómodo. Pero lo hice.

Con el tiempo, ellos también cambiaron. Nuestros viajes ahora incluyen correr. Salimos menos de fiesta. Alguien me dijo: “Nos hemos vuelto más fits.”

También ajusté mi alimentación. Aunque era pescetariana, tenía demasiados carbohidratos. Empecé a suplementarme. A hacer más ejercicio.

Y luego, sin planearlo, descubrí algo que lo cambiaría todo.

Correr

Correr.

Yo odiaba correr. Pero lo vi como una forma de honrar y conocer a los Rarámuri.

La primera vez me costó. Pero algo pasó.

No voy a contar toda esa historia aquí. Eso es para otro post.

Pero lo que sí pasó fue esto: dejé de desvelarme en la fiesta. Cambié hábitos malos por buenos.

Dormía mejor. Mi cuerpo estaba menos intoxicado. Tenía más energía, más enfoque.

Me volví más productivo en el trabajo.

Retomé la meditación. Hice tiempo para Toastmasters. Para cursos de filosofía.

La diversión seguía ahí. Pero ya no era un escape. Era parte de una vida que hacía sentido.

¿Qué está hablando tu cuerpo?

Si este post te resonó, haz esto hoy:

Pregúntate: ¿qué señal de tu cuerpo has estado ignorando?

No necesitas un diagnóstico médico. Puede ser una molestia. Un cansancio. Una comezón. Un nudo en el estómago los domingos.

No lo juzgues. Solo obsérvalo.

Y pregúntate: ¿esta señal viene de un desbalance? ¿De un exceso de exigencia? ¿De un escape que se volvió hábito?

Tu cuerpo no miente. Aunque tu mente quiera convencerlo de que todo está bien.

Un abrazo a quien fui

Hoy, si pudiera abrazar a esa persona que estaba a punto de desarrollar hígado graso, le diría:

“Divertirse está bien. Es esencial, de hecho. Pero hay formas más sanas de hacerlo. Y no lo hagas por apariencia. No lo hagas por presión social. Hazlo porque entrenar para una carrera, o simplemente cuidarte, te da un propósito más grande que cualquier fiesta.”

No lo juzgaría. Solo lo abrazaría.

Porque entendería por qué llegó ahí.

La exigencia lo llevó a un extremo. La diversión lo llevó al otro.

El balance llegó después. Cuando aprendió a escuchar.

No se trata de volver a ser niño para siempre. Se trata de aprender a llevarlo contigo.

Como Peter Pan, pero con facturas que pagar. Como adulto, pero con la capacidad de asombro intacta.

“Comía sano. Mi cuerpo decía otra cosa.”

Ahora sé que no se trata de comer bien o mal. Se trata de vivir con coherencia.

Y eso empieza por escuchar.

Similar Posts

One Comment

  1. Yo no comía sano… pero mi cuerpo me ha mandado señales de diferentes maneras. Gracias por prender foquitos en mi

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *