mi viaje

capítulo 1: el ascenso vacío

Entré a Hershey’s con un plan simple: “2 años y me voy a emprender”.
La pandemia cambió todo. Me convertí en el “golden boy”, ganándome el respeto de todos. Y caí en mi zona de confort.

A los 24, recibí la llamada: una promoción con responsabilidad global, reportando directamente a un director en Estados Unidos. “¿Es una broma?”, pensé.
La realidad fue distinta: lo de reubicarme a Estados Unidos no se concretó, el salario en dólares tampoco. Pero seguí siendo el más joven en ese puesto, con una responsabilidad inmensa. Mi motivación era una mezcla de honrar a mi abuela, la presión silenciosa de superar el éxito de mis padres, y la promesa de un futuro económico sólido. “Jugaré este juego un poco más, luego me retiro a emprender”, me dije.

Un día típico empezaba a las 6 AM, con llamadas a India, o terminaba a las 9 PM con juntas de Asia. Recuerdo mi primera presentación ante directores globales: mi jefe me presionaba por mensaje para que hablara, mientras yo, paralizado por los nervios, sólo podía pedir perdón después. El sacrificio fue sutil al principio. En pandemia, el aislamiento ya era la norma. Pero luego, los jueves de fiesta y el alcohol se volvieron mi válvula de escape. Mi jefe pedía que fuera “más agresivo”, que “atacara” a colegas que admiraba. Preferí no hacerlo.

El primer aviso llegó en un pasillo de supermercado. Compré una botella de Gin, algo que nunca había hecho. Mi mente racionalizó: “Así ya no tendré que esperar a salir con amigos para callar mi mente”.

capítulo 2: la zanahoria y el vacío

Todo se detonó cuando falleció mi abuela, uno de mis pilares. Ese mismo día, tuve una llamada. Encendí la cámara, me sequé las lágrimas, y seguí adelante.

A los 28, logré la “zanahoria”: el puesto de Manager que todos persiguen y pocos alcanzan antes de los 30. Lo logré. Había viajado a India, Malasia, Singapur, todo pagado. Había estado tan cerca por tanto tiempo que, cuando finalmente llegó, sentí orgullo, liberación… y una tranquilidad extraña.

La paradoja se hizo carne en una cena en el lugar más elegante de Guadalajaja, con la “corte celestial” global de mi empresa, celebrando mi aumento. Ahí, por primera vez, la palabra “depresión” cruzó mi mente. Estaba en la cima. Y me sentía vacío.

Pensaba que el ascenso sería mi medalla, la prueba final de mi valor. Lo que me dio fue una pregunta más grande: “¿Y esto es todo?”.

capítulo 3: el cambio de juego

Había un patrón: cada logro laboral venía seguido de un vacío más hondo. El ciclo se rompió cuando empecé a construir algo que existía fuera de mi correo corporativo — una relación. De repente, había reuniones que no podían posponerse, pero eran para cenar. Había KPIs, pero eran de risas compartidas, no de rendimiento trimestral. Sin querer, mi cerebro tuvo que aprender a cambiar de canal, y eso le enseñó que el canal ‘trabajo’ no era el único que existía.

Siempre he buscado respuestas. Espiritualidad, filosofías, viajes. En mi primer bajón, una coach/psicóloga me ayudó a ver que mucho de lo que hacía era para agradar a los demás. Me hizo ver que incluso en mi trabajo podía aplicar mi filosofía: “Tus reportes también son naturaleza. Puedes influir en sus vidas”.

Los destellos llegaron en formas simples pero profundas:
Retomé la meditación no como un lujo, sino como un cimiento.
Empecé a correr, primero como un puente hacia los Rarámuri, luego como una terapia.
Un diagnóstico de pre-diabetes e hígado graso me golpeó: comía “sano”, pero mi cuerpo gritaba que algo no estaba bien.

El momento “ajá” fue mirar hacia atrás, con la zanahoria ya en la mano, y decidir: “Ya no es el camino que quiero por mucho más tiempo”.
Lo más difícil fue decir “no”. A viejos amigos, a viejos hábitos, a lo que antes llamaba “diversión”. Dejar ir la identidad del “godín estrella”.

capítulo 4: la integración (“mi ahora”)


Un día integrado se ve distinto:

  • 6:00 AM: Una hora de creative work en mis proyectos.
  • 7:00 AM: Ejercicio (gym, box, o correr).
  • 9:00 AM – 6:00 PM: Trabajo godín, con una power nap y meditación en medio.
  • Noches: Aprender, socializar, o simplemente ser.

Mi nuevo “éxito” ya no está ligado a un puesto. Está ligado al impacto, a vivir sin miedo a fracasar, a tomar experiencias nuevas.

¿Qué me cuesta todavía? Ser más organizado con mi tiempo. Dejar el celular. La autenticidad es un músculo que sigo ejercitando.

A mi yo de 24 años le diría: “Conserva esa hambre, pero no te estreses. Ya eres valioso. No temas explorar nuevos caminos.”
A mi yo de 28, en crisis: “Respira. Esto no es el final. Es el inicio de algo más verdadero.”

capítulo 5: ¿por qué godín en rehab?

Porque el “godín” es el gran olvidado de la autoayuda. Todos hablan de emprender, de abandonar el sistema, pero nadie del camino intermedio: ese espacio donde se aprende, se ahorra, y se construye desde dentro del sistema antes de saltar.

Quiero que un profesional sienta, después de leer mi historia, que se puede triunfar sin perderse a uno mismo. Que el éxito y el bienestar no son enemigos.

El sistema corporativo no entiende cómo cuidar, remunerar y dar voz a su talento de alto potencial. Lo quema o lo subestima.

Quiero que quien pase por aquí entienda esto: tu trabajo no es tu vida. Es una de las herramientas más poderosas que tienes para construir la vida que quieres. Aprender a usarla así —sin dejar que te use a ti— es el único ascenso que realmente importa.

capítulo 6: más allá del trabajo

Cuando no estoy escribiendo o trabajando:

  • Paso tiempo con mi novia y amigos.
  • Corro, no por medallas, sino por claridad.
  • Busco restaurantes veggies, veo fútbol, y últimamente, exploro el mundo de los videojuegos.
  • Construyo mi marca de kombucha.
  • Mi vida se centra en optimizar mi running y en volver a la Sierra Tarahumara, donde el mes pasado corrí con causa por sus comunidades.

Mis faros:

  • Mi madre, que salió de la nada y nos dio todo.
  • Steve Jobs, por su rebeldía sagrada al mezclar humanidades, tecnología y negocio.
  • “Be like water” (Bruce Lee) y la sabiduría de Lao Tse: “Si eres inflexible, eres como la muerte. Ser flexible es como la vida.”
  • El cuento del granjero y los caballos: Lo que parece una tragedia puede convertirse en bendición, y viceversa.

mi definición de una vida que vale la pena vivir:

Una vida consciente.
Consciente del prójimo, del planeta, de los animales. Con una dieta sin sufrimiento, una mente cultivada por filosofías básicas, un cuerpo fortalecido por el movimiento. Y una carrera que, en su esencia, busque ayudar o dejar un impacto positivo.

Por eso escribo. Por eso comparto.
Porque alguien tiene que pasar los planos del nuevo juego.

Luis Eduardo
Ex-promoción global prematura. Ahora, arquitecto de vidas integradas.